A llorar al valle: crónicas dialogadas de un venezolano de la decadencia

JC Méndez Guédez

Foto: Lenín Pérez Pérez

Publicado originalmente en Mégara en mayo de 2017.

A llorar al valle

(crónicas dialogadas de un venezolano de la decadencia)

“Vete a llorar al Valle”
Antiguo dicho popular caraqueño

1

¿Viste lo de las imágenes?
– ¿Cuáles?
– Las de Chávez.
– Creo que no.
– Bro, aquí ahora todo se llama Chávez, y en todos lados está la cara de Chávez. Para dónde mires lo encuentras. Olvídate de Jesucristo o Bolívar, esos son actores secundarios para esta gente, ahora todo es Chávez.
– ¿Y qué pasa con sus imágenes?
– Mira la pared de la calle…allí está Chávez, cerca de la primera montaña de basura, justo al lado del mosquero y del charco de aguas negras. Porque estas calles de El Valle cada vez están más sucias, pero nos han puesto imágenes de Chávez a montones. Allí está Chávez, pero ahora lo tacharon con una…

Ver la entrada original 2.790 palabras más

La otra calle

La blandura de este sofá

me hace olvidar

que hay una calle

 

Allá                               

Lejos

 

Hay otro país que no conozco

aunque huela su sudor

aunque me cruce con él.

Hay una calle que no sé

 

Allá 

Lejos

Donde quizá

hay una guerra

 

Aquí en la plaza

juegan los niños

cuando afuera

en otra calle

¿lejos?

quizá

hay una guerra

 

No hay más ciudad que ésta

Las paradas de autobuses se hicieron para pensar

Se piensa, por ejemplo, en viajes

en el tránsito por lo no eterno

en las luces apagadas de la memoria

En las horas muertas y en cómo rellenarlas

 

Un autobús que me lleve a mi destino

en el calor volátil de la tarde

en el aire quieto

entre un enjambre de personas

a través de la paz de acordeón

del mendigo de la esquina

 

No hay más ciudad que ésta

que se encierra en sí misma

en el sopor de un verano tardío

Una nube estacionada sobre su ánimo

dibuja una tormenta vespertina

No hay más ciudad que ésta

que me hace querer volar

remontar por sobre el Ávila

-única excusa para la permanencia-

en espiral,

para salir de su veneno

 

Elisa O.L.

5 de Octubre 2005

El Guaire no es el Guadalquivir

Por estos días, se cumplen seis años de una gira con el Orfeón Universitario, que me permitió caminar un poco por Sevilla. Una gira de conciertos no es un viaje propiamente de placer, pero siempre hay momentos para conocer alguito. Y en esa ciudad en particular, algunas cancelaciones nos dieron más tiempo libre del que esperábamos tener. Tiempo libre para pasear.

Nos alojamos en el Hotel Montecarmelo, en una zona tranquila y -muy importante- cerca del centro histórico. Desde el hotel hasta el centro, el recorrido era de quizá un kilómetro. Eran unos minutos gratos y, cosa importantísima, cruzábamos sobre el Guadalquivir por el puente de San Telmo, y pronto aparecía antes nuestros ojos la Torre del Oro. Inevitable era ver hacia el río, los restaurantes y terrazas bordeándolo, los árboles, los barcos paseando a los turistas.

El puente de Isabel II desde San Telmo

El puente de Isabel II desde San Telmo

Otra vista desde el puente de San Telmo

Caminar por el centro histórico, ver a un tal Pedro Llamas tocando su guitarra frente al alcázar y acabar comprándole un CD, admirar la imponente Giralda. Ir al Parque de María Luisa entrando por la Plaza de España y de vuelta pasar por el Teatro Lope de Vega. Bajar por la hermosa Calle Sierpes, maravillosa y larga, y comer un helado en La Campana al final del recorrido; ir a curiosear a un mercado callejero. Todo esto fue, por supuesto una maravilla. Supongo que más aún por ser una turista, curiosa como cualquiera.

Pedro Llamas

El bullicio de la Sierpes

Teatro Lope de Vega

Estatua humana en Sierpes

Alguna calle del centro

 

 

 

 

 

 

 

 

Una noche, después de un concierto en la Universidad de Sevilla, nuestros anfitriones nos llevaron a por un tinto y unas tapas y de ahí, a un tablao. La diversión, el chismorreo -“que fea es esa bailaora pero como baila”-, la alegría. Que si otro vinito, una cerveza. Que si me perdí el bululú de sudor y jazz flamenco. Salimos de La Carbonería alrededor de la 1:00 a.m. El coordinador del coro detenía taxis y enviaba tres mujeres y un hombre en cada uno. Yo en cambio -mis tacones eran bajos y cómodos- preferí devolverme caminando con tres compañeros. Más tarde me arrepentiría un poco, pero sólo un poco.

Que caminamos como unos perdidos es más que un decir. Mis compañeros -hombres al fin- decían estar segurísimos de conocer el camino. Por supuesto que no lo estaban, pero ustedes saben cómo funciona la cosa; no les hice demasiado caso. Por alguna razón extranísima, yo, una caraqueña que en su ciudad camina a velocidad de marchista olímpico y volteando para todos lados, iba más o menos tranquila. No tanto como mis tres compinches, pero estaba bien.

Y así anduve hasta que mis pies empezaron a quejarse y yo a preocuparme porque dábamos vueltas y pasábamos por un parque que yo no había visto antes y… Estábamos pues, perdidos. Yo estaba cada vez más preocupada y entonces uno de mis compañeros de peregrinaje me dijo “pero Elisita, relájate. ¿Cuándo puedes caminar así en Caracas a las dos de la mañana?”. Tenía razón mi amigo. ¿Cuándo en Caracas? Así que no insistí. Pasados unos minutos volví a la carga, porque tampoco me hacía gracia la idea de amanecer sin encontrar el rumbo. Ya era hora de parar un taxi.

Andar por Sevilla, fue una experiencia deliciosa. Sé que sólo conocí una pequeña parte de la ciudad y que lo hice como turista. Supongo que por eso recuerdo casi con nostalgia al Guadalquivir y los puentes que lo cruzan. Y con maravilla, casi con envidia, la dicha de caminar por sus orillas. Porque al río se accede desde cada puente. Hay rampas, hay escaleras, hay paseos que lo bordean. Es posible ir de un puente a otro y aún al otro y seguir a la vera del río, o subir a la calle cuando sea necesario.

El puente del Alamillo. ¿Ven al tío pescando?

Pescar a la orilla del Guadalquivir

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A mí se me antoja, que el Guadalquivir es como un Ávila líquido. A mí -caraqueña- que no concibo mi ciudad sin su cerro guardián. Se puede andar por las riberas, sentarse en la orilla a ver los patos y hasta pescar. Y yo pienso en el Guaire, ese río nuestro malquerido que mas que cruzar hiende la urbe; esa corriente caudalosa y voraginosa, sucia y desalmada que sólo las garzas -benditas sean- comprenden y todos maltratamos. Yo no sé si el Guadalquivir es el eje de Sevilla, pero pienso en el Guaire -nuestra vergüenza- y recuerdo el recorrido entre el puente del Alamillo y el de la Barqueta, o entre el de Isabel II y el de San Telmo.

Puente de la Barqueta. ¿Ven los peatones arriba?

Puente de Isabel II.
Ya era de noche cuando llegamos desde la Barqueta.

De eso hace ya seis años y apenas fui turista.  Leo aquí que la ciudad no es tan amable con el peatón, aunque ha habido planes para mejorar esto. Tengo pocos recuerdos acerca de los trabajos para cruzar las calles, pero soy una viandante de naturaleza angustiada en los pasos y semáforos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conocí sólo la Sevilla entre Los Remedios y el centro histórico de calles peatonales llenas de comercios y vida vibrante. Pero la posibilidad del río como compañero de ruta, eso fue lo que me enamoró. Y por ello, si pudiera, volvería.


			

Un silencio de treinta segundos

Jueves 4 de octubre de 2012, alrededor las 4:00 p.m. Día de San Francisco y cierre de campaña en Caracas. Acababa el discurso del candidato a la reelección. Después de pasar un par de horas entre cafés, lluvia y conversación, refugiada en un café de la avenida Victoria, era tiempo de volver a casa. Sabiendo que debería salir a la superficie al llegar a la línea 1, tomé el metro en la estación Los Símbolos, con dirección a Plaza Venezuela.

Como esperaba, debí salir en esa estación. Mucha gente. Gente atropellándose, gente harta buscando aire. Una mujer que subía la escalera a la par conmigo, me contó como le rompieron la sandalia y le impidieron bajar del tren y se vio obligada a viajar por muchas más estaciones de las que le correspondían. Yo no estaba dispuesta a perder mi buen humor y sabía que caminar era mejor idea. Y aún no era tarde.

Decidí salir al bulevar. Había bulla, como era de esperar. El gentío en la escalera, subiendo, bajando o amontonándose en la entrada. Caminé lo más rápido que pude hacia el oxígeno de la superficie, alejándome del bululú. Caminé rápidamente, como acostumbro, hasta después de cruzar el semáforo de la primera avenida de Bello Monte y ahí aminoré un poco la marcha. No había demasiada gente, no estaba tan mal la cosa.

Hay tramos del bulevar que me gustan o disgustan más que otros. Chacaíto no me gusta, nunca me ha gustado. Caótico, ruidoso, maloliente. Esa tarde no fue excepción y cuando me tocó, apresuré el ritmo para llegar a la Francisco de Miranda. Lloviznaba y el paso apurado de los peatones iba cubierto de paraguas. Entré a la avenida, a su acera amplia, caminando entre otros que iban, como yo, hacia sus casas. Algo de tensión había en el ambiente. En apenas tres días serían las elecciones.

Durante casi un par de kilómetros anduve a mi paso acostumbrado -muy veloz- deteniéndome a fotografiar algunos huecos de la acera. No había demasiado tráfico, la actividad era la normal para la hora. Pero cuando llegaba casi a la altura de la estación del metro en Altamira -salida noroeste- noté algo extrañísimo que me hizo detenerme. Oí el silencio.

Miré a los lados, a mi alrededor. Ni una corneta, ni un escape, ni una palabra. Como en una escena de una película en la cual el protagonista no sabe si sueña, me sentí fuera de la realidad, fuera de la Caracas de todos los días. Pero no duró más de treinta segundos. Y entonces volví al estado de alerta habitual y me sumergí de nuevo en el rugido de esta ciudad vertiginosa.

“Señorita, tíreme una foto”

Durante un tiempo, salí con mi cámara en el morral todos los días. Siempre tenía un rollo de película montado y si podía llevaba otro de repuesto. Blanco y negro.

Me gustaba mucho fotografiar a la gente en la calle. Pero me faltaba arrojo, me daba miedo que alguien se molestara al ser retratado. Así perdí muchas y muy buenas imágenes.

Una tarde -de domingo, me parece- salí a dar una vuelta, dispuesta a tomar unas fotos. A unas tres cuadras de mi casa me topé con un señor que me dijo “señorita, tíreme una foto”. Me paralicé; no supe reaccionar. Creo que sonreí, pero a pesar de su invitación y su amplísima sonrisa, no pude siquiera alzar la cámara.

Han pasado catorce años y aún recuerdo su estampa: una cara gorda y simpática, bigote y doble papada, sobre una barriga prominente vestida de rayas. Lástima no haberla capturado.

Café con cierre de campaña como telón de fondo

Ayer salí de mi casa para hacer una diligencia, un pago; no lo logré. Problemas técnicos, ustedes saben. Pensé en devolverme, después de haberme llevado el chasco, pero un amigo me dijo que almorzara con él.

Fuimos a un restaurante chino de la avenida Victoria. Casi todos los comensales estaban en plan de ir al cierre de campaña de su candidato. En grupo, en pareja o en familia. Con sus gorras, sus franelas, en fin, toda su parafernalia bermellón. Al terminar el almuerzo -que me costó acabar por lo copioso- decidimos ir por un café y cruzamos la calle hasta la pastelería Roma. Pedimos un par de marrones claros y nos sentamos en una mesa. El local no tardó en llenarse. Era esa hora de la tarde temprana en la cual el café se convierte en una necesidad.

Desde mi puesto, veía perfectamente un televisor que se encontraba en la entrada y justo frente al cual se agrupaban varios seguidores del presidente, comentando en voz alta sus impresiones. La señal sintonizada era la del principal canal estatal.

Como era de esperar, había seguidores de los principales candidatos, pero sólo un tipo en sus cuarenta, un italiano opositor, comentó algo con uno de los chavistas. Un intercambio cordial. En algún momento, el italiano se sentó en la mesa adyacente a la nuestra, donde llevaba rato sentado otro señor -sesenta y nueve años, perezjimenista-. Ustedes saben como son esos sitios en los cuales dos mesas pueden estar muy separadas y las siguientes muy próximas entre sí. Era pues, casi inevitable hablar con los vecinos.

Cuando empezó a llover, el señor mayor nos recordó que era el día de San Francisco, día de “El Cordonazo” -y de su cumpleaños-. Pero el rato de plática se centró en la situación política. ¿De qué otra cosas podríamos hablar en ese ambiente, viendo la transmisión del cierre de campaña de un candidato y a tres días de las elecciones?

Un hombre de expresión muy seria, nos escuchaba conversar a mí, al italiano y al viejo, y también escuchaba al grupo de la puerta. Se movía de un mostrador a otro, a la caja; no sé. La lluvia nos tenía a todos ahí y supongo que eso lo obligó a sentarse en la mesa del fondo, incómodamente cercana a una nevera de refrescos. Aunque casi me pareció que escuchaba la conversación deliberadamente.

Pronto se fue el italiano y seguimos conversando con el señor mayor. Más tarde, éste decidió partir. Al rato llegaron una mujer y un hombre y ocuparon esa misma mesa. Ella comentaba en voz alta los detalles de producción que observaba en la transmisión del evento de la avenida Bolívar. Yo apunté algo. En algún momento nos pusimos a hablar los cuatro. Como dije antes, era inevitable.

Hablamos de nuestras percepciones acerca de la campaña, de la corrupción de los viejos gobiernos y del actual, de los jóvenes de hoy y de nuestras apuestas, expectativas y esperanzas para el futuro próximo. Quizá charlamos durante veinte minutos.

El discurso del presidente había terminado. Amainaba y era hora de emprender el camino de retorno a casa. En la puerta, nos despedimos de nuestros vecinos de mesa y tomamos el rumbo contrario.

Mi amigo aún tenía algo que hacer y yo debía tomar el metro. Sabía que me toparía con la impaciente marea y que me tocaría volver a casa andando. Hice el recorrido desde Los Símbolos hasta Plaza Venezuela y lo que vi en el andén me convenció de no intentar abordar un tren. Caminar sería un cierre infinitamente mejor para esa tarde de conversa cafeinada con extraños.